Sombras de Erania
viernes, 11 de enero de 2013
ÉLORA
Hace algún tiempo, años ha, en las tierras de Yerald, nación situada en el continente de Excarbuz, nació. Élora fue el nombre que recibió aquella niña humana cuyos verdes ojos refulgían con la intensidad del mismo fuego. Un fuego que, además de en sus ojos, ardía en su corazón.
Desde el momento en el que nació, todos aquellos que la rodeaban podían sentir la energía que aquella niña portaba en su interior. Había nacido con el Don fluyendo por sus venas, lo cual causaba distintas impresiones en su entorno. aquéllos que eran realmente cercanos a ella, la querían con inusitada fuerza. Los que no lo eran, no podían evitar mirarla con recelo. Su energía interna era tan fuerte que incluso aquéllos sin capacidad de detección más allá de sus cinco sentidos eran capaces de advertirla. Y eso les enervaba.
Pese a todo, creció felizmente en Bolde, su pueblo natal, con la escasa gente que la apreciaba. Su padre, un sencillo mercader, murió cuando apenas era poco más que un bebé. Su madre, alquimista de profesión, tuvo que criarla como bien pudo. Junto a ésta, consideraba su familia a su pequeño grupo de amigos. Dyrus era un joven recio, alto, corpulento y algo zoquete, pero de buen corazón y amable, exceptuando los momentos en los que había comida de por medio, en cuyo caso no existía nada más para él. Layla era una jovencita muy ágil y diestra, que siempre tenía una mano tendida a sus amigos, mientras la otra se encargaba de elaborar cualquier tipo de triquiñuela. Lloyd era un muchacho menudo y débil, que había nacido también con el Don. Éste era más taciturno que sus amigos, y pasaba horas leyendo libros y estudiando grimorios de magia. Por último, si bien no menos importante, se hallaba Iria, quien poseía una gran capacidad para la oratoria, aparte de poderes psíquicos, lo cual la confería una gran seguridad en sí misma y un gran liderazgo, ya que sus amigos confiaban en ella.
Con el paso de los años, fueron perfeccionando sus habilidades, cada uno a su manera. Dyrus ejercitó su físico hasta convertirse en un poderoso luchador. Lloyd se especializó en el estudio de la magia de Luz y de Agua. Layla mejoró sus destrezas, tanto con armas como con cerraduras, cosa que de vez en cuando le costaba un sermón de Iria, que por su parte, comenzó a controlar sus poderes y su capacidad para mover objetos y controlar el fuego. Fuego por el que Élora sentía una extraña afinidad, casi podría decirse incluso devoción. La joven de flagrante melena y verdosos ojos aprendió tanto a desenvolverse con un arma como a controlar su poder. Un poder ardiente que fluía en su interior, y del que cada día más hablaba la gente.
Al alcanzar los dieciocho años, comenzó a tener sueños inquietantes. Sueños que la hablaban de fuego, destrucción y oscuridad. Sueños que mostraban imágenes de un mundo consumido, yermo, muerto. Veía un mundo arrasado, en el que no existía siquiera la propia luz del sol. Se veía a sí misma envuelta en llamas, ardiendo, pero sin consumirse. Encadenada por gruesos vínculos oscuros, mil veces más duros y fríos que el metal. Veía una oscura silueta, de espaldas a ella, que le decía:
-Éste era nuestro destino. Un poder sin igual...
Tras ésto, despertaba envuelta en sudor frío, con el corazón acelerado y una profunda sensación de desazón. Relató este sueño tanto a su madre como a sus amigos, quienes respondía torciendo el gesto:
-Es tan sólo un sueño. No le des importancia.
Pero la inquietud no dejaba de crecer en su alma. Todo lo que ocurría en el sueño, todo lo que sentía era tan real como si estuviese despierta. Un día, fue a buscar a Lloyd para revelarle sus inquietudes. El joven se hallaba leyendo un grueso tomo bajo la sombra de un árbol. Al llegar junto a él, Élora suspiró.
-Hola Lloyd. ¿Puedo hablar contigo?
El muchacho interrumpió su lectura y se sacudió su oscura melena. Alzó la vista y sus verdes ojos se encontraron con el fulgor esmeralda de los de Élora.
-Siempre. ¿De qué se trata? Te noto preocupada.
Élora se sentó a su lado, desviando la mirada hacia el suelo.
-Probablemente te enfades, pero se trata del sueño...
Lloyd suspiró.
-Ya sabes lo que opino, y lo que siempre digo.
-Lo sé, Lloyd. Pero es que parece tan real...- comenzó a jugar nerviosamente con su pelo.- He estado pensando y... ¿no podría tratarse de algún tipo de visión?
Lloyd sacudió la cabeza.
-No lo sé. No sería capaz de decírtelo. Quizás Iria sepa algo más, aunque lo dudo mucho.
Élora sollozó.
-¿Sabes? Tengo miedo. Mucho miedo. Todo lo que veo y siento en el sueño es tan aterrador... y muy siniestro. Estoy segura de que quiere decir algo, pero no logro comprender el qué. No lo entiendo. Y eso me aterra.- Élora finalmente rompió a llorar.
Lloyd la estrechó entre sus brazos, mientras la susurraba al oído:
-Shh... No te preocupes, es un sueño y no va a ocurrir nada de lo que ves en él. No tengas miedo.- se separó de ella y la miró a los ojos, aun vidriosos.- Además, estamos todos contigo. Y no dejaremos que te ocurra nada malo.
Horas más tarde, cuando Élora ya se había ido a dormir, Lloyd reunió a sus amigos para hablar del tema. Cuando les relató lo sucedido, la primera respuesta fue un gruñido de desaprobación de Dyrus.
-Es tan solo un sueño. Yo muchas veces sueño con comida, y eso no quiere decir nada.
-Eso quiere decir que tienes un problema de glotonería,- dijo Layla - pero lo cierto es que es un sueño. No debería preocuparla tanto.
-Pero es que ella lo siente como si estuviese allí.
-¿Crees que de verdad pueda ser una visión?
-Esperaba que tú me lo dijeses, Iria.
La joven dió un paso al frente, permitiendo que el fuego arrancase destellos cobrizos de su pelo. Bajo la atenta mirada de sus ambarinos ojos, el fuego creció siguiendo su voluntad. Suspiró y se giró hacia Lloyd.
-No lo sé, Lloyd, no lo sé. Tan solo sé que ese mismo sueño se repite una y otra vez, y lleva atormentando a Élora más de un año. Tal vez tenga razón, pero quién sabe...
-¿Y qué podemos hacer? Yo no entiendo de sueños ni de visiones.
Dyrus se mostraba serio y pensativo, lo cual era muy extraño en él. Fruncía el ceño, y mientras sus ojos verdes buscaban una respuesta en sus amigos, se frotaba su negra melena. El grupo guardó silencio. Finalmente, mientras sus violáceos ojos se centraban en el fuego, evocando el relato del sueño de Élora, Layla dijo:
-Por el momento, y mientras estemos en la incertidumbre... todo cuanto podemos hacer es estar con ella, apoyándola.
Los demás centraron su mirada en ella, aunque no podían ver su rostro, oculto tras sus cabellos rubio ceniza.
-Bien dicho.- dijo Lloyd - Por hoy, mejor será que descansemos: ya es tarde. Mañana hablaremos. Buenas noches.
-Buenas noches.- respondieron todos al unísono. Iria redujo las llamas hasta que no quedó nada más que las brasas de aquella hoguera. Dyrus y ella marcharon a sus respectivas casas, mientras Layla se quedó contemplando las brasas.
-Fuego...
Los días posteriores pasaron en calma. Al menos, relativamente, ya que el sueño cada día era más intenso, y Élora mantenía la cordura a duras penas. Cada vez veía todo más nítido que la anterior. Hasta que, un día, la silueta del sueño se dió la vuelta, sonriéndola. Parecía un hombre, pero no era humano. Sus rasgos eran delicados, su tez pálida y grisácea, y sus orejas eran largas y afiladas. Su sonrisa era más oscura que el propio entorno desolado en el que se hallaba. Su mirada, centrada en ella, emitía un fulgor extraño, que helaba la sangre en sus venas.
-Te he encontrado...
Élora despertó envuelta en un sudor frío pegajoso, con el corazón tan acelerado que creyó que se saldría del pecho, buscando un refugio ante aquella sensación de peligro inminente. La puerta de su habitación se abrió.
Los ruidos en casa de Élora, que era el edificio más cercano, despertaron a Layla, que se incorporó sobresaltada y bajó atropelladamente las escaleras de su casa para asomarse a comprobar qué ocurría. Al cruzar el umbral al exterior, vió como un grupo de personas se alejaba corriendo en la oscuridad, llevando algo consigo. entró apresuradamente en la casa de su amiga, encontrando un panoraba desolador: en el centro de la estancia principal yacían dos cadáveres sobre sendos charcos de sangre. Uno de ellos correspondía al de la madre de Élora, con varias heridas de cortes y una daga incrustada en el costado. El otro cuerpo correspondía a un hombre desconocido, con un peto de cuero, varios cortes en la cara, desfigurada, y en las manos. Su cuerpo estaba cubierto de quemaduras y cristales rotos. No había rastro de Élora por ninguna parte.
Layla corrió a despertar a sus amigos con lágrimas en los ojos. No entendían qué clase de emergencia ocurría, pero todos comprendieron que era importante nada más ver la expresión del rostro de Layla. Sus ojos violáceos permanecían vidriosos mientras relataba la escena. Los rostros de los demás fueron cambiando, tornándose en muecas de furia en el caso de Dyrus, y de pánico en los rostros de Lloyd e Iria. Finalmente, Dyrus estalló.
-¡Tenemos que ir tras ellos! ¡Hay que salvarla!
-¿Hacia dónde huyeron?- preguntó Iria tras recomponerse.
-Hacia el norte... ¿Qué hacemos?
-Perseguirles. No podemos abandonar a Élora. Preparad vuestras cosas, partiremos al amanecer, después de explicar al pueblo lo ocurrido. Será un viaje peligroso, así que preparaos bien.- Iria se giró hacia Dyrus.- Ya sabes a qué me refiero.
Tras separarse todos, Dyrus se plantó frente a un armario antiguo en su casa. Suspiró y lo abrió. Colgada frente a él se hallaba la reliquia más valiosa de su familia: un hacha de batalla de una calidad superior a cualquiera que hubiese visto nunca. Perteneció a un antepasado suyo que combatió en la última Gran Guerra, y era el orgullo de su familia desde entonces. La tomó entre sus manos, y contemplando su oscuro filo, cerró los ojos jurándose a sí mismo que encontraría a su amiga del modo que fuese necesario.
A la mañana siguiente, los cuatro amigos se reunieron en la plaza, listos para partir. Layla relató los hechos la noche anterior al alcalde del pueblo que, consternado, estaba ordenando la sepultura de la mujer. Se miraron todos en silencio, asintiendo, pues estaban preparados para partir. De este modo, dieron la espalda a aquel pueblo en el que habían pasado toda su vida, en pos del rastro de su amiga.
martes, 8 de enero de 2013
PRÓLOGO
A lo largo de la historia, los errores de las razas mortales han de repetirse una y otra vez. Indefinidamente. Incesantemente. Las almas mortales son temperamentales, llenas de deseos, de miedos. Sus impulsos provocan que, para sentirse unos más seguros, más felices, tengan que arrebatar a otros entes sus propiedades, sus poderes e, incluso, sus vidas. Tal es el sino de todos ellos.
Mi existencia está más allá de todo eso, aunque hace tiempo yo mismo pertenecía a esa vorágine de sinsentido. Hace eones, yo también fui humano. Sentí todas esas emociones que condicionan su existencia, esas emociones como la amistad, el miedo, el amor y el odio. Esas emociones de las que yo ahora carezco. Soy el Observador, una especie de vigilante eterno. Un castigo por los errores cometidos en el pasado, que me obliga a verlos reflejados en otros seres una y otra vez. Mi cometido para con el mundo es, simplemente, observar. Sus aciertos, sus errores. Mis propios errores. Tan solo puedo contemplar cómo la vida en este mundo prosigue, con la esperanza de que, algún día, alguien logre interrumpir el absurdo ciclo de atrocidades sin sentido que se acontecen, día tras día, en las tierras que alcanza mi vista. En el que un día fue mi mundo.
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